Mucho antes de los escenarios y las plazas, nuestro mundo era la educación digital.
Comenzamos en 2008 creando contenidos de divulgación para plataformas de Google.
En 2013 dimos el salto profesional y fundamos nuestros propios portales de formación especializada, donde logramos simplificar materias complejas para miles de estudiantes.
Durante más de diez años refinamos el arte de mantener la atención, despertar la curiosidad y estructurar el conocimiento.
Y desde aquellos primeros años empezó a acompañarnos una pregunta que, con el tiempo, sería cada vez más importante:
¿Qué hace que alguien sienta curiosidad y tenga ganas de descubrir?
Aprendimos que parte de la respuesta estaba en crear el entorno adecuado.
Despertar una pregunta.
Provocar curiosidad.
Poner algo al alcance.
Y después, algo que a veces resulta mucho más difícil:
dejar espacio.
No adelantarse al descubrimiento.
No dar inmediatamente la respuesta.
No convertir cada momento en una explicación.
Dejar que pruebe.
Que toque.
Que imagine.
Que encuentre su propio camino.
Que se equivoque.
Que vuelva a intentarlo.
Y que, de repente, algo ocurra.
Ese instante en el que entiende.
En el que consigue hacerlo.
En el que te mira con esa expresión que dice:
“Lo he descubierto yo.”
Porque cuando una persona descubre algo por sí misma, ya no se lo han contado.
Lo ha vivido.
Y mientras buscábamos nuevas formas de provocar esos momentos, empezamos a aprender nosotros también.
Entendimos que la emoción no estaba separada del aprendizaje.
Que sorprenderse, ilusionarse y sentir curiosidad podían ser algunas de las mejores puertas para descubrir algo nuevo.
Y poco a poco nuestra pregunta fue cambiando.
De:
“¿Qué queremos que aprendan?”
A:
“¿Qué podemos crear para que quieran descubrirlo?”
Ese cambio parece pequeño.
Para nosotros no lo fue.
Porque significaba dejar de colocar el contenido en el centro.
Y colocar a la persona en el centro.
También aprendimos otra cosa:
Una experiencia se completa cuando alguien entra y la hace suya.
Porque un mismo lugar puede despertar algo diferente en cada persona.
Nuestra función es crear un entorno suficientemente atractivo para que quiera dar el siguiente paso por sí mismo.
Un entorno donde pueda imaginar, tomar decisiones y encontrar su propia forma de avanzar.
Ahí hay algo que nos sigue fascinando:
podemos diseñar el comienzo de una experiencia, pero no necesariamente su final.
Porque cuando colocas a la persona en el centro y le das libertad para explorar, deja de ser únicamente participante.
Se convierte también en creadora de la experiencia.
El siguiente paso fue YUCAX HOLLYWOOD, una actividad extraescolar de creación audiovisual que comenzamos en 2023.
Durante dos cursos, cada viernes, un aula se convertía en un pequeño estudio de cine. Coordinábamos a pequeños artistas que imaginaban historias, creaban personajes, actuaban y daban forma a sus propias películas.
Aquella experiencia nos permitió desarrollar y probar una actividad que hoy ha evolucionado hasta convertirse en un taller de creación audiovisual para ayuntamientos y eventos.
Uno de los cortometrajes creados durante aquellas clases fue premiado en la categoría infantil amateur del Festival del Corto Berlanga.
En 2024 nos hicimos una nueva pregunta.
¿Y si llevamos toda esa ingeniería pedagógica y metodológica del entorno digital al mundo físico?
Así nacieron nuestras primeras experiencias inmersivas.
El espacio se hizo mayor.
El público también.
Y YUCAX empezó a transformarse con ellos.
En 2026 constituimos YUCAX Soluciones, S.L. para adaptar nuestra estructura empresarial y forma jurídica al nuevo enfoque de YUCAX: crear experiencias, producir eventos y asumir proyectos cada vez más ambiciosos.
Cambió nuestra forma.
No el camino que nos había traído hasta aquí.
Porque la esencia seguía siendo la misma.
Crear lugares que despertaran curiosidad.
Lugares que no dijeran solamente:
“Mira esto.”
Sino que parecieran susurrar:
“¿Y si pruebas?”
Entornos que invitaran a entrar.
A tocar.
A jugar.
A preguntar.
A imaginar.
A crear.
A sorprenderse.
Espacios donde cada persona pudiera encontrar algo.
Y donde no todo tuviera necesariamente que ocurrir de la misma manera.
Y entonces, mirando hacia atrás, empezamos a entender mejor el camino que habíamos recorrido desde 2008.
Consistía en crear las condiciones para que algo ocurriera dentro de otra persona.
Una pregunta.
Una sonrisa.
Una idea.
Un descubrimiento.
Un “¿y si…?”
Un “quiero probar”.
Un “otra vez”.
Un “mira lo que he hecho”.
Un momento de sorpresa.
O simplemente esas ganas de saber qué habrá detrás de la siguiente puerta.
Eso es lo que buscamos cuando creamos una experiencia.
Crear el entorno. Despertar la curiosidad. Y saber cuándo dejar espacio.
Porque hay descubrimientos que solo pueden ocurrir cuando no interferimos en ellos.
Y de todos aquellos años experimentando nació una convicción que hoy podemos expresar con muy pocas palabras:
No vienes a mirar.
Vienes a vivirlo.
Porque no queremos decirte únicamente cómo funciona el mundo.
Queremos darte un espacio para explorarlo.
No queremos que contemples lo que otros pueden hacer.
Queremos que descubras lo que puedes hacer tú.
No queremos darte todas las respuestas.
Queremos conseguir que aparezcan nuevas preguntas.
Y no queremos que te lleves solamente algo que has visto.
Queremos que te lleves algo que has vivido.
Ese camino comenzó en 2008.
Todavía estamos recorriéndolo.
Seguimos probando.
Seguimos equivocándonos.
Seguimos aprendiendo.
Seguimos creando.
Cada experiencia nos enseña algo.
Cada persona que participa nos enseña algo.
Lo que recibimos.
Lo que vivimos.
Lo que descubrimos.
Y lo que dejamos a quienes vienen después.
